PAMPAM 2: Boltaña - St Lary

Hacía tiempo que no disfrutaba de un amanecer en una ruta de bicicleta y se agradece volver a experimentar esta sensación. La noche no ha sido demasiado buena que se diga, he pasado algo de fresco en algún momento y, despierto desde hace bastante rato, esperaba con ganas la salida del sol.




En este viaje me ha dado por hacer algo que no había hecho nunca: meter la bici en la tienda a dormir conmigo. Quitándole las dos ruedas entra todo más que de sobra, incluso con espacio suficiente para manejarme con la cocina y con las bolsas, y nunca se me había ocurrido hacerlo antes. Ahora paso la noche mucho más tranquilo. Probaré en casa a ver cómo me entra la bicicleta de montaña porque ya tengo alguna ruta ideada con ella.



A partir de Ainsa me esperan casi 50km de continuada ascensión bajo un sol de justicia. El puerto va incrementando su pendiente poco a poco, formando un perfil que bien podría ser el de un tobogan de un parque infantil.




Con el río Cinca como compañía, voy haciendo camino poco a poco. El calor no lo llevo muy bien y ya veo que hoy va a ser un día duro.




El paso por Escalona me trae muy buenos recuerdos de anteriores ascensiones que he hecho por la zona: Fanlo, Bestué y Tella un poco más adelante, al llegar a Hospital.



Con un calor insoportable, me detengo en Bielsa para reponer fuerzas. En el supermercado de la plaza me pillo una cocacola, unos plátanos, una copa de chocolate y una baguette para poder mojar en los garbanzos que me voy a meter con el calor que está haciendo. Junto a una pequeña fuente que hay al inicio del puente sobre la cascada, me pongo morado para no tener que parar más a comer en lo que me resta de jornada.



En Bielsa, como quien dice, empieza el auténtico puerto. Hasta el final del túnel, en el lado francés, hay que subir casi mil metros en catorce kilómetros.



No puedo soportar el calor y, al paso por las galerías, aprovecho la sombra para echarme un rato. La garbanzada que me he metido entre pecho y espalda también hacen lo suyo.



Los dos o tres kilómetros finales son realmentes duros, siempre por encima del 10%. Se me hacen mucho más duros, si cabe, por la carga y el calor. La mochila hace que me sude la espalda a chorretones y, como ya no me queda líquido en los dos bidones que llevo, tengo unas ganas tremendas de bajar al otro lado para tirarme de cabeza a alguna fuente.



El túnel de Bielsa se encuentra en obras y hay semáforo para dar paso alterno. Dejo pasar al último coche de la fila española y voy subiendo poco a poco esperando a que, cuando la den paso, me llegue la fila francesa para apartarme.



Si lo miras bien, es toda una suerte atravesar así este túnel porque lo haces sin ningún vehículo tocando las pelotas. Tan solo me tengo que echar a un lado unos segundos hasta que pase toda la fila y vuelvo a montar hasta que me alcance la siguiente. En dos turnos españoles y uno francés, yo ya estoy al otro lado.



Y el paisaje del lado francés es una pasada. No es, ni mucho menos, uno de los valles más frondosos del vecino Pirineo pero, a medida que se va descendiendo, la diferencia con el lado español es más que notable.






Desciendo hasta Aragnouet, pasándome un poco el desvío de Piau-Engaly, para buscar agua en alguna fuente. Hay una cojonuda junto a un cementerio, con un chorro enorme y casi congelada. En cuanto baje de la estación de ski, volveré a detenerme aquí mismo para comer algo de nuevo.



Regreso al inicio de Piau-Engaly y comienzo la subida. Tan solo son siete kilómetros desde el cruce y muy bien indicados con el típico cartelito de la región que va marcando los porcentajes kilómetro a kilómetro. Estos carteles son una auténtica gozada y ayudan muchísimo para no desmoralizarse cuando haces este tipo de rutas.





Sin rampas excesivamente duras, es un puerto muy llevadero. Incluso posee un par de amplias herraduras para tomar un respiro. El paisaje se va tornando más de alta montaña a medida que se gana altitud, convirtiéndolo en una subida muy atractiva.






Tan solo hay un problema: el excesivo calor de la jornada de hoy. Llevo la espalda chorreando sudor por culpa de la mochila. Incluso ella misma pesa cada vez más porque se está empapando el acolchado que tiene.







La parte final del puerto sería espectacular si no fuera por las instalaciones de la estación y la avería creada por la explanada y todo eso. Pero bueno, si no estuviera la estación, probablemente tampoco existiría la subida.







Corono Piau-Engaly bastante cansado. No llevo nada bien estos calores y el peso de la mochila me está matando. De regreso en la fuente de Aragnouet, me meto una lata de lentejas, más que por hambre o necesidad, por ir quitándome peso de la parrilla e ir pasando alguna cosa de la mochila a la parte trasera de la bicicleta. Mi espalda lo agradecerá.



Tras un amplio descanso en semejante oasis, inicio la subida a los lagos un poco más abajo. Las rampas se endurecen mucho más de lo que lo han sido en todo el día ya de entrada.





Carretera estrecha, a veces rugosa y con algo de gravilla, nada que ver con la autopista que acabo de pasar en Piau-Engaly. Hasta Cap de Long tengo catorce kilómetros, así que me lo tomo con muchísima tranquilidad.



A unos cuatro kilómetros del desvío al Lac d´Aumar, me encuentro con Carlos, un compañero de esto de la bici de Bilbao, que baja en coche con su chica. Ya ha estado antes en los lagos y me dice que uno está guapo y que el otro no le gustó demasiado. Yo tengo la intención de hacer los dos, así que tampoco me quedo con si el guapo era el de la izquierda o el de la derecha y, ¡vaya cabeza la mía!, tampoco me acuerdo de cuál de los dos era el BIG que me ha traído aquí.




El caso es que, cuando llego al desvío, el de la derecha tiene una bajada y el de la izquierda parece que es la carretera natural, por lo que sigo de frente hacia el Cap de Long. Luego me arrepentiré un poco de esta decisión, pero solo un poco, jejeje



Dejo abajo el Lac d´Orédon y los cuatro kilómetros restantes hasta el embalse de Cap de Long se me hacen muy duros. Los subo a una velocidad crucero casi más propia de una ascensión andando que de una en bicicleta.




Y por fin corono el embalse. En cuanto llego arriba, soy consciente de que el lago bueno era el otro: el Lac d´Aumar. Esto no es un lago, es una presa. Y el caso es que estoy tremendamente fatigado y, con el calor que he pasado en todo el día, estoy empezando a sentir algo de frío.



Desciendo bien abrigado tras saludar a unos vascos y a unos catalanes que andan por allí arriba y que me felicitan por la subida. Siempre te encuentras en la montaña con vascos y catalanes. Llego al cruce del Lac d´Orédon y miro el rampón que corta la ladera y se me quitan las ganas de hacer el Lac d´Aumar. Estoy cansado y ya tengo sitio localizado para dormir al inicio de la subida. Además, está bajando un poco de niebla y es la excusa perfecta para rajarme y dejarlo para otra vez. Aunque me deje BIGs, no me importa. Me lo estoy tomando con una filosofía muy diferente a como hacía el CIMA y así tendré un motivo para regresar. A los Piris y a Asturias se puede volver tantas veces como haga falta. Es más, es deseable volver muchas veces.



Justo después de montar la tienda en un apartado que había al inicio de la subida, se meten tres todoterrenos. Ya está oscureciendo en este valle tan cerrado y se empiezan a preparar con frontales y toda la parafernalia. Me temo que todavía me van a dar la noche, pero viene uno que habla un perfecto español y me dice que me esté tranquilo, que vuelven en una hora o así y se marchan sin molestar. Por las indumentarias parece que vayan a pescar algo en el arroyo, pero véte tú a saber. Estoy tan cansado, que me duermo antes de que regresen y ni les oigo cuando se van.

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