BARBI 1: BARCELONA - Llancà

Comienzo la transpirenaica primaveral en Barcelona, a donde llego una hora antes de lo previsto. Me entretengo un rato haciendo turismo urbano nocturno, con alguna visita obligada como la de la Sagrada Familia. La falta de luz artificial hace que las fotos no salgan muy para allá. Después, coincidiendo con el amanecer sobre el Mediterráneo, dejo la gran urbe catalana bordeando la costa siguiendo la línea del ferrocarril.




La costa barcelonesa, la Costa del Maresme, es una auténtica castaña y hay que esperar a entrar en Girona para disfrutar un poco del paisaje quebrado y de una carretera con contínuos sube-bajas perfilando el litoral de la Costa Brava. La vegetación también hace acto de presencia a partir de Blanes, aunque es en Lloret de Mar donde se empieza a adivinar un entorno interesante.






Dejo atrás Lloret de Mar con unos cuantos ingleses despidiéndose de sus vacaciones y esperando al autobús que les sacará de allí. Todas las previsiones dan bastante mal tiempo en todo el Mediterráneo para los días festivos y es posible que tanga algo que ver. Por el sur andan que trinan con el tema de no poder sacar las procesiones a la calle.




Lo mejor de la Costa Brava son las pequeñas calitas que van sucediéndose en el recorrido. Por las inmediaciones de Tossa de Mar hay alguna que otra más que interesante.





Continúo bordeando la costa gerundense muy entretenido con el trazado y con un ojo en el horizonte por si empiezo a vislumbrar el Cap de Creus, aunque aún queda mucho para llegar allí.





Una pequeña subida hasta un mirador, unos kilómetros después de pasar Tossa de Mar, y dejo a mano izquierda el desvío a Llagostera, lo que es el inicio de la ascensión a Sant Grau que ya tengo hecha de antes. Es muy gratificante pedalear por lugares por los que ya has pasado y sentir que estás completando caminos y que el conocimiento adquirido es una pasada.



Continúo por la costa en un sube y baja que no para hasta llegar a Sant Feliu de Guixols, donde encuentro un Mercadona para avituallarme para un buen rato.






Bien es cierto que aún no estamos en los días fuertes de la Semana Santa, pero en Platja d´Aro no parece que haya mucho movimiento de turistas.




A la altura de Palamós, la carretera abandona la costa para adentrarse un poco en el interior en busca de un paso más fácil sobre el río Ter. Son kilómetros bastante más sosos en los que el culo se va acostumbrando a pasar muchas horas encima de la bici.






Por lo que me comentaron después, el caudal del río es poco habitual, así como el nivel de los embalses catalanes. Las lluvias caídas por estos lares en los últimos tiempos han debido ser más frecuentes de lo que tienen normalmente. Para mí mucho mejor (y para ellos aunque no quieran), ya que el recuerdo que tengo de estos paisajes es mucho más seco y mucho menos atractivo.



El paso del Ter me sitúa en la comarca del Baix Empordà. De nuevo una tierra baja y plana me acompaña hasta llegar a Roses. Por lo menos, no tengo que pedalear por una carretera petada de coches siguiendo las vías del tren como en la zona del Maresme. Aunque también es cierto, a medida que me acerco al Cap de Creus, la presencia de camiones se va haciendo algo incómoda.



Circunvalo Roses sin llegar a entrar en la localidad y me dirijo hacia el alto del Cap de Creus por la carretera que lleva a Cadaqués y Port de la Selva. El punto más elevado del puerto se intuye en la recta de acercamiento a las primeras rampas.




Son un par de kilómetros muy suaves que se inician en una rotonda antes de entrar en Roses los que te dejan a pie de puerto. A partir de aquí, con una vistas espectaculares de la bahía de Roses, son cinco kilómetros constantes al 5%, con solo alguna rampa algo más fuerte cercana a la doble cifra.





La carretera es perfecta y el tráfico ha bajado muchísimo. Tan solo hay un problema que antes no me preocupaba demasiado: hace un viento de cojones.





La subida apunta al mar en todo momento y eso hace que el vendaval me pegue casi de cara. Hasta ahora ha sido una gozada, porque el aire del sureste me empujaba hasta el punto de haberme hecho ganar casi un par de horas sobre el horario que tenía previsto.




Es impresionante la presencia de este grupo de montañas en esta zona. Montañas abruptas, plenas de vegetación, contrastan con las enormes llanuras del litoral catalán.





Y la subida continúa en los mismos números, en la misma dirección y con el mismo objetivo fijado por allí arriba. Una recta bien visible en la ladera es la prueba de que el collado de paso se encuentra cercano.





A punto de coronar, una pista sale en dirección a las antenas que presiden la cima de la montaña. El inicio está perfectamente asfaltado pero no sé si seguirá así hasta arriba. Me habría aventurado a continuar la ascensión pero, hace tantísimo viento en el pasillo del collado, que mejor me lanzo para el Port de la Selva.



El desvío a Cadaqués me tienta para bajar pero, en una tirada de tantos días como tengo planeada, hay que ir ahorrando energías y, ya que el viento favorable me ha traído hasta aquí con mucho adelanto, aprovecharé para comer bien en Llançà y descansar para la jornada de mañana, donde empieza lo bueno de verdad.




El aire vuelve a ser algo favorable en el tramo que va de Port de la Selva a Llançà. La costa francesa ya está a la vista y la caída de la cordillera pirenaica también.




Llego a Llançà bastante pronto y me voy directo al albergue de la estación, donde tengo hecha la reserva. Apenas hay gente y me dan una habitación de literas para mí solo. Me pego una buena ducha y dejo todo bien dispuesto para dormir, para no perder tiempo a mi regreso, puesto que me voy al pueblo en busca de un supermercado para avituallarme bien para hoy y, sobre todo, para el inicio de la etapa de mañana. Lo que más me preocupa cada día es disponer de isotónico o de cualquier otra bebida azucarada, que el agua sola no la soporto y menos con el sabor a plástico que coge en el bidón.



En la playa, me pongo al solete en un banco. No me gustan nada las playas del Mediterráneo. Con lo que relaja el sonido del mar Cantábrico, siempre con olas chocando por todas partes, este otro es mudo. Ni es mar ni es nada, es un lago grande con playas de piedras por las que ni siquiera se puede caminar descalzo. Y si te bañas en verano, ¡parece pis la ostia! No me atrae nada la balsa esta.



Así que, en ausencia del susurro del agua, me decanto por ir a dormir y descansar con suficiencia. Además, no he dormido nada por culpa del viaje a Barcelona y los más de 210km de hoy hacen que los ojos se empiecen a cerrar. El fortísimo viento que azota las ventanas me preocupa mucho. Mañana veremos.

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