Vuelta a Portugal (I)

Esta vez sí que voy en precario. La buena temperatura que espero en todas las etapas y, sobre todo, que cada día voy aprendiendo y mejorando, hacen que sea hipercalculador con lo que cargo.




Mi equipaje se limita a la mochilita pequeña con tres cámaras (dos más en el bote de herramientas), el minisaco, una manta térmica de papel, ... ¡y para de contar! La ropa, muy poca. Lo que llevo puesto (culote, camiseta interior sin mangas, maillot corto y cortavientos) y el chubasquero fino, los manguitos y unas mallas de atletismo que son de papel de fumar por si hace fresco en las pedaladas nocturnas. Creo que me acabaron faltando unos guantes finos de algodón para esas noches que hice en bici, pero bueno, ya soporto casi cualquier cosa.

La salida del autobús es a las 22:05. Es jueves, y voy con tres o cuatro personas más, así que creo que no hice ninguna parada hasta Benavente. Y la siguiente, la mía: Verín. Allí llego, casi sin dormir, a las 5:15, un cuarto de hora antes de lo que tendría que haber sido y 'me tiran' en la calle frente a la estación de autobuses. Entro en ella y me preparo para pedalear de noche unas horas, y hago un pis en el cutrebaño que tienen.



El lugar elegido para la entrada en Portugal es inmejorable. En menos de 20km entraré en el país vecino. Me trae muy buenos recuerdos una rotonda de salida de Verín, donde conocí a Pablo cuando hice unos cimas de Orense con él. Antes de salir de Termibus hemos cruzado un par de SMSs. Es tan pronto, tanto madrugón, ...., para un ratito,... que era imposible quedar con él en esta ocasión.

Un par de kilómetros antes de cruzar la frontera me atrae el olor de una panificadora, a la que entro para pillar desayuno. Pero no, acaban de encender los hornos y aún no tienen nada. Prosigo viaje con el estómago vacío. Ya pararé.



Se me hace de día subiendo la Serra de Pradela, una vez que hemos dejado atrás Chaves y Vidago. Voy por una nacional pero sin tráfico ninguno, ya que paralela a mí viaja la autovía. Cuando llego a Vila Pouca de Aguiar, en lo alto de la sierra, toca paramear. Realmente, es como si hubiera subido a la Sierra de Alvão por otra vertiente a la que tendré que hacer al finalizar la jornada.








El paisaje es 'gallego', y claro, que las zonas quemadas superan ampliamente a las que aún quedan sin quemar. Aunque no parecen zonas que hayan resistido, sino zonas replantadas. Un desastre. De todas formas, este tramo hasta conectar con el río Támega, la comarca de Basto, se encuentra bastante poblada.




En Arco de Baúlhe entro en un supermercado para comprar algo que comer. Los precios son inmejorables, un punto a favor de venir a Portugal. También empieza a hacer muchísimo calor. Me va a tocar sufrir.




Con el estómago bien lleno, y muchísimo calor, me dirijo hacia Gandarela entre carteles de publicidad electoral.




Y, tras un descenso hacia Celorico de Basto, comienzo la subida al Monte do Viso, donde se encuentra la pequeñísima ermita de Nuestra Señora do Viso, rodeada de aerogeneradores en medio de un área recreativa. La subida tiene dos partes, con un tramo central de descanso. Hay tramos duros, como para poner a prueba la marcha con parrilla. Las zonas quemadas, muy abundantes. Y, además, se divisan dos focos activos con un olor muy desagradable.








Desciendo hasta Mondim de Basto pero, antes de llegar, me meto en un hipermercado para rellenar el depósito. No arrastro nada de peso y voy entrando en supermercados a medida que voy teniendo hambre. Aunque, realmente, lo que más busco suele ser reponer líquidos. Botellas de litro y medio de refrescos sin gas las coloco en la parrilla, una a cada lado, a modo de depósitos de líquido con los que ir rellenando el bidón. La comida es sobre la marcha, fruta sobre todo.

Desde el centro de Mondim se divisa perfectamente el Monte Farinha, donde se encuentra la ermita de Nuestra Señora de Graça. Una joya que merece la pena visitar.



Subida constante, de esas de coger buen ritmo y hacer del tirón, disfrutando de las vistas, con pendientes no muy exigentes, pero sin apenas descanso. Un 8 al 8 en toda regla. Sufro como un cerdo, hasta el punto de tener que hacer varios tramos andando. El calor es asfixiante al mediodía.

Al penar físico que voy padeciendo se une el de contemplar hasta ¡cuatro focos! simultaneos. El día despejado se torna nuboso por culpa del humo que mana de las praderas. Uno de ellos me acompaña desde el Monte do Viso. Ahora es enorme. Desolador. ¡Qué tristeza!









En el restaurante de la cima, a la que llego penando de mala manera, me tomo un helado y una cocacola. En Portugal da gusto tomarse una lata de cocacola bien fría en cualquier sitio. Son a 0,80€ en cualquier bar. Incluso hubo uno en el que me cobraron solamente 0,75€. ¡Asombroso! Eso sí, siempre hay que pedirles el vaso y el hielo lo sacan de cubiteras de bolsas de plástico que tienen en los congeladores de los helados.

Me siento en la terraza exterior y charlo un rato con el camarero. Comentamos sobre los incendios que asolan el paisaje y me dice que, si llego a ir el martes, estaba toda la cornisa en llamas. Hay cuatro focos activos y no se ve movimiento de bomberos, camiones, helicópteros, avionetas, ... Es como si dejaran arder.

Aún asfixiado, bajo a Mondim y entro en otro supermercado a coger más bebida. ¡Lo que llevo bebido, madre mía! Me queda un tramo duro hasta Vila Real, unos 60km. por el Parque Natural de Alvão. Quiero meterme por Ermelo hacia Lamas de Olo, que ví en el ruterillo que tenía zonas ciertamente duras, y así recorro tres vertientes del parque y lo veo desde todos los ángulos. La ruta elegida, una vez vistas todas, un gran acierto. Dureza, vistas magníficas de las formaciones montañosas, del valle interior, de las aldeas escondidas, ...., y del embalse. Una muy buena subida y un disfrute para los sentidos. Lo mejor del día, sin duda.










Tras coronar el Barragem Alvão casi de noche, con una preciosa puesta de sol sobre el embalse, desciendo hasta Vila Real. El tramo final es muy incómodo, con un pavé de un tamaño desmedido, algo que me iba a encontrar en muchos pueblos portugueses. Algunos incluso los tuve que cruzar andando por culpa de los pedruscos de los cascos urbanos.

En Vila Real encontré un supermercado abierto para comprar la cena y, buscando un techo bajo el que dormir, hallé un chalet en obras con un buen pórtico para tirar el saco en él. La gente pasaba al lado de mí, pero no me importaba.

Hasta que pasadas las 12 de la noche, mientras dormía, una pareja me despertó. Querían entrar en su casa (que estaba en obras, con hormigoneras y todo) para echar un polvo de viernes noche, ¡fijo! Les pedí disculpas, que ahí no parecía que viviera nadie. De hecho, ahí no vivían. Estuvieron muy majos conmigo. Hasta me ofrecían ayuda si la necesitaba. Pero no, no necesitaba nada, jejeje.

El imprevisto me obligó a recoger todo y, ya puestos, decidí subir Marão de noche, que la temperatura era muy agradable. La pena, que prácticamente había luna nueva y no se veía un carajo.



Pero ya estamos a sábado, así que esto le corresponde al día siguiente.

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