De regreso a los muelles

Como suele ser habitual, cuando regreso de un gran stage aparco la bici por unos días. Ayer me pasé quince horas al volante durante la noche, sin dormir en todo el día para evitar en lo posible esa sensación de jet-lag que te queda tras una noche en vela, pero hoy tengo que salir a correr para mover las piernas porque las tengo dobladas de pisar el acelerador.



Me conformo con hacer media docena de kilómetros a trote borriquero, lo justo como para estirar el cuerpo. La espalda también se resiente en un viaje tan largo y me viene bien correr. Al igual que otras veces, las pulsaciones apenas me suben. Tras una machacada como la que me he pegado, parece ser que la patata me crece de tal manera que con la mitad de bombeos tiene suficiente para lo que me exijo con un trote tan suave. Es una sensación muy agradable que, lamentablemente, no durará para siempre.

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