IV. Picón Castro

A primeros de año me invitaron a participar en la IV. Picón Castro y no podía decir que no. A pesar de que este año me iba a centrar en la bici con una nueva incursión en los Alpes como objetivo principal y no entraba en mis planes hacer ningún ultratrail, estuve tan a gusto en la edición del año pasado y la organización se portó tan bien que debía hacer un esfuerzo. El bagaje preparatorio en cinco meses no ha sido mucho: una marcha de 20km, dos de 42km, una de 50km y otra de 90km, con desniveles máximos que no han superado nunca los tres mil metros positivos. Aún así, considero suficiente mi estado de forma y me planto en Espinosa de los Monteros con ganas de disfrutar de un magnífico día de montaña.

XTREM CAT 1 CAT 2 CAT 3 CAT 4


IV. Picón Castro Espinosa 77 km 4000 m+ IR

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He dormido muy bien en el aparcamiento que hay junto al Albergue de Espinosa, donde está situada la salida y meta de la prueba. El año pasado opté por probar el alojamiento que ofrecía la organización en el polideportivo y no pegué ojo por culpa de un tipo que no paró de roncar en toda la noche. En esta ocasión, con lo bien que duermo yo en mi coche, ni siquiera miré si había alguna zona para pernoctar y he podido descansar siete horitas seguidas sin problema.

El despertador lo pongo a las 04:00 de la mañana para meterme un buen desayuno. Me preparo un café y dos tostadas de pan de centeno con miel. Me tomo también una barra de avena, un plátano, una macedonia de frutas y un colacao energy. Si le sumo que anoche me cené unas lentejas, tengo los depósitos a tope para unos cuantos kilómetros.

Tengo tiempo para reposar el desayuno antes de empezar a vestirme. Para las 05:30 empieza a haber algo de movimiento y me pongo la ropa. Las previsiones meteorológicas son de calor pero con riesgo de lluvia a partir del mediodía, así que voy completamente de corto con manguitos y medias, pero con la membrana en la mochila por si acaso. La manta térmica obligatoria, dos pares de calcetines y algunas tiras de esparadrapo elástico completan mi equipaje.

Con diez minutos de margen, me acerco a la salida y entrego la bolsa vida para que me la lleven al km.40, donde estará situado el punto de corte. Como el año pasado había un final muy fácil, íntegramente por pistas, meto unas zapatillas de running para poder correr con comodidad en la segunda mitad del recorrido y, por si llueve y refresca, meto una camiseta de manga larga, las mallas piratas y otros calcetines de reserva. Si luego no necesito todo esto, pues mejor que mejor.


Nos vamos agolpando en la salida, ponen música de fondo y se oye a un speaker en la oscuridad. A las 06:00 en punto se da la salida y partimos en manada rumbo a Espinosa. Creo que vamos más de 80 participantes. Me pongo más o menos en la parte central y enfilamos una pista y luego un sendero en fila de a uno.


Enseguida amanece y no hacen falta los frontales. Hay luz suficiente para correr pero no para hacer fotos y me salen muy movidas porque, si te paras, te atropella un tren de mercancías que viene pegado por detrás.


No ha transcurrido el tercer kilómetro cuando se produce el primer abandono. Vamos en fila india y, al salir de un sendero, nos encontramos con una chica parada. Alguien le pregunta qué le ha pasado y dice que se ha roto el gemelo. Mucho más tarde, en el km.71, me voy a enterar de que era Nerea Martínez.


Llegamos a Espinosa de los Monteros y se entra en la plaza del ayuntamiento pasando por un arco. La manada se empieza a estirar y se van haciendo pequeños grupos. Los voluntarios nos aplauden al pasar y se echa un poco en falta que no haya más gente del pueblo, algo perfectamente entendible a las seis de la mañana. El año pasado se salió a las 08:00 desde este lugar y, al ser el mes de agosto, había mucho más ambiente.


Tras pasar por Espinosa, nos dirigimos a una pista que nos coloca mirando para el Picón Blanco, la primera gran cota de la jornada. Empalmo con el grupo que llevaba por delante cuando la pista se convierte en sendero.


Empezamos a ganar altitud lentamente y veo que puedo seguir corriendo mientras la pendiente se mantenga en estos números. Hemos ido oyendo a unos voluntarios que iban en moto y nos los encontramos en un punto en el que se gira y se abandona la pista para meterse por una senda de tierra y piedras.


Ya me llamó la atención el año pasado, así que éste no me sorprende la cantidad de chalecos fosforitos que te vas encontrando y que te van animando. Lástima que, para que te llevaran en moto, había que contratar antes con un sobre con cincuenta euros. ;-)


Vamos ganando altitud y va amaneciendo. La salida del sol por detrás del parque eólico de Montija coincide con la parte más dura de la subida al Picón Blanco.


En estas pruebas de tanta duración, acabas coincidiendo con un montón de gente. En este tramo viajo con dos chicos de Eibar y vamos charlando de carreras y marchas varias.


Nos estamos acercando a la cima del Picón Blanco y empieza a aparecer la niebla, algo que va a ser una constante durante muchos kilómetros de la ruta. Empalmamos con una pista de tierra que acaba conectando con la carretera por la que subí ayer con la bici.


En este punto hay un control de chip y paso bajo la estructura. Los dos de Eibar lo hacen por fuera y les toman a mano el número de dorsal. Justo después está situado el primer avituallamiento de los nueve que habrá en total.


Uno de los dos chicos ni para, mientra el otro se bebe un vaso de isotónico y le sigue. Yo tengo por costumbre pararme en todas partes y así aprovecho para charlar un minuto con los voluntarios. Hay fruta variada, bebidas, gominolas, galletitas de chocolate, ... Picoteo un poco y el chico de la organización me dice que el primero no ha parado y que ya está abajo. Pues nada, qué le vamos a hacer, tendré que apretar más tarde.


La bajada hacia Bárcenas me sitúa de frente al Castro Valnera y observo que está rodeado por una masa de niebla muy preocupante. Si esa masa nubosa va levantando, es probable que cubra gran parte del recorrido y que no se vea un carajo.


Como de costumbre, en el descenso me pasa todo dios. Mientras los demás corren, yo troto. Aunque se trata de una bajada muy fácil, no me arriesgo nada a dar un mal paso, a torcerme un tobillo. 


Hay un momento en que aparece el sol y se agradece. La pena es que no va a durar mucho. Entre que los valles son cerrados a primera hora de la mañana y que la niebla nos está esperando, poca luz vamos a ver.


Llego a Bárcenas en el km.15 con unas sensaciones muy buenas. He podido subir muy ligero y las dos primeras horas han pasado muy rápidamente para llevar 800m de desnivel.


Justo cuando voy a pasar a la Senda del Estraperlo, me encuentro una manifestación de ovejas y espero a que pasen. Algún que otro participante sigue pero no cuesta nada esperar un momentito y no meterse en medio para que salgan despavoridas para cualquier parte.


La Senda del Estraperlo consta de seis kilómetros desde Espinosa hasta Las Machorras, quedando algo menos de la mitad desde que la cogemos.


Al principio, hay cierta anchura pero, al transitar junto al río Trueba, la pista se convierte en un sendero estrecho y ralentizo la marcha porque el chico que va delante me obstaculiza bastante y prefiero tener distancia con él.


Llegamos a Las Machorras por una de las numerosas pistas y la salida del bosque hace que me vuelva a poner las gafas de sol que llevo sobre la cabeza. Van a ser tan pocas veces que más me habría valido salir sin ellas.


En el cruce de la carretera hay una unidad de la Cruz Roja, como siempre que se sale al asfalto y tienen buen acceso. No son tan fogosos como los voluntarios de la organización pero también animan.


En el km.19 está situado el siguiente avituallamiento, justo en el mismo sitio en el que estaba el primero en la edición del año pasado. Hay un poco de todo: muchas bebidas, fruta, pastas, gominolas, ...


Es una pena que este año sea aún temprano como para haber sandía pero lo compenso con el melón que está muy bueno. Me tomo un vaso de isotónico y cojo unas gominolas para ir chupando en la subida que viene ahora.


Cruzamos el río Trueba una vez más y empezamos otra de las subidas fuertes del día con bastante calor. Yo hace rato que me he bajado las medias y los manguitos, aunque sin terminar de quitármelos.


La subida al alto de La Inmunia es muy variada, tiene de todo. Lo mismo transitamos por un estrecho sendero que por una pista de tierra, de hormigón, una pala herbosa, una pedrera, ...


Hay voluntarios por todas partes, siempre dispuestos a dar una indicación sobre el camino a seguir. Muchos de ellos nos tiran fotos y yo se las devuelvo.


Cada vez que la cosa se pone seria para arriba, vuelvo a acercarme a la gente que llevo por delante. Debería hacer solamente las subidas y dejarle las bajadas a otro.


Suelo participar en muchas historias de montaña y solo ves a la gente de la organización en los puntos de control y en los avituallamientos. A veces ni siquiera eso porque suelen desaparecer puntos de control como por arte de magia. Lo que más me gusta de La Picón Castro es que hay petos fosforitos por todas partes y te sientes muy acompañado en todo momento.


La parte central de la subida a La Inmunia es la más dura hasta que se conecta con una pista muy corredera. Empiezo a ver alguna cara de cansancio preocupante quedando todavía lo que queda.


Hay un buen tramo de respiro antes de conectar con una de las pistas hormigonadas de las muchas que hay entre los portillos de La Sía y Lunada.


Ya en la parte final de la subida a La Inmunia (La Rasa) la pendiente vuelve a incrementarse un poco hasta llegar a un collado en el que la niebla hace acto de presencia.


Estamos llegando al km.24 y la niebla ya no tiene pinta de irse. Entramos en la parte más bonita de todo el recorrido y es una pena que no se vea más allá de la punta de la zapatilla.


Hay un par de grandes neveros y hay que pasar por encima. No tengo bastones pero, como ya han pasado muchos compañeros, ya hay buena huella y no tengo problema para seguir sus pisadas.


Llego al avituallamiento de La Inmunia siguiendo a los silbatos de los voluntarios. Me hace mucha gracia ir oyendo cómo nos van dirigiendo por toda esta zona. Llevo el track en el V800 y no me hace falta pero a muchos les resulta imprescindible porque, aunque hay un marcaje muy bueno, la niebla imposibilita ver la marca siguiente.


El avituallamiento es de los más divertidos. Hay bastante gente y un chico nos pregunta qué hay que hacer para preparar una carrera como ésta. Estamos varios y no recibe respuesta porque creo que todos pensamos parecido: esto no se prepara, basta con tener los cables un poco pelados. Un chavalín ve el estado de mis zapatillas y me pregunta si soy yo el que ha pedido hilo. No soy yo pero mal no me vendría porque las zapas van a acabar en la basura en cuanto llegue a la bolsa vida. Me preguntan si duran mucho unas zapatillas así y calculo que llevaré ya unos mil kilómetros con ellas.


Termino el descanso del avituallamiento en cuanto me rellenan los bidones de agua e isotónico, antes de comenzar el descenso. Hay un cartel que indica que la bajada es peligrosa, algo muy relativo viendo las bajadas que hay en alguna marcha.


La niebla es cada vez más intensa y seguimos el sonido de los silbatos. Llevo gente a pocos metros, tanto por delante como por detrás. Los oigo pero no los veo.


Me encuentro con otro voluntario y me dice que le acaban de enviar un 'guasap' desde el Castro Valnera, dando ánimos porque allí no hay niebla. Eso espero porque, si con la bici no soporto el viento, en la montaña me aburre muchísimo andar sin ver nada.


Desciendo la ladera de La Lusa y Los Porrones, camino de la carretera del puerto de Lunada. En este tramo me pasan dos chicas y otro par de chicos, por lo menos.


El descenso de la niebla me permite ver que el Castro Valnera está completamente cubierto, al igual que todo el cordal hasta el portillo de Lunada. Me pega un bajón impresionante y se me quitan las ganas de continuar, pensando por primera vez en el abandono en el avituallamiento de Lunada.


Llego a la carretera del puerto y me detengo para preguntar por el asfalto a un señor de la organización. Ayer subí en bici y me pareció un piso provisional, falto de una capa final. De hecho, la bajada fue bastante peligrosa porque no había buen agarre y tenía que ir casi parado en las curvas. Me dice que se va a quedar así porque es una carretera comarcal, como hicieron en su día con el Collado Espina en Cantabria. La lluvia irá limando la gravilla pero va a tardar mucho tiempo, así que no creo que trace una ruta por Lunada en unos cuantos años.


Toca subir por el brezal que me arañó las piernas el año pasado, motivo por el cual, en esta ocasión, me he venido con las medias de fútbol. De todas formas, no está tan cerrado y casi no hacen falta.


La niebla vuelve a hacerse densa en las inmediaciones del avituallamiento, pasando junto a un par de neveros que han dejado la zona bastante encharcada.


Estamos en el km.31 y ya llevamos cuatro avituallamientos. En este coincido con bastante gente y reconozco a un tipo del año pasado con el que compartí un tramo y que, esta vez, va acompañado por su chica. Recibimos tantos ánimos de los voluntarios que se me olvida la idea de abandonar en este punto.


Dejamos el avituallamiento, tan bien surtido como todos, rumbo al Pico de la Miel. La pareja sale delante de mí y, como van vestidos de fosforito y se les ve bastante bien, procuro no alejarme mucho para no tener que andar mirando el GPS porque la niebla es ya tan cerrada que no se ven las marcas hasta que estás encima.


De todas formas, hay tipos de la organización cada muy poco, muchos de ellos dándole al silbato sin parar, lo que facilita muchísimo el seguimiento del sendero del cordal.


Los voluntarios nos van animando una barbaridad. Me acabo de enterar de que hay hora de corte en el avituallamiento del km.40 y creo que la cosa va a estar justita si seguimos a este ritmo, pero es que la niebla no ayuda mucho. Yo hace un rato que voy bastante estresado.


Coronamos el Pico de la Miel y dejo que pase todo el mundo para bajar yo con más tranquilidad. Han puesto cuerdas naranjas para indicar el camino a seguir en los puntos más complicados.


En la bajada se vuelve a ver por dónde pisamos pero el paisaje no acude de igual manera. Sigue habiendo voluntarios, lo más sobresaliente de esta carrera.


Llegamos a la pared del Castro Valnera y, como de costumbre, empiezo a pasar a la gente subiendo. La pareja se queda detrás porque el chico está pasando por un mal momento y creo que van a andar justitos para llegar a la bolsa vida antes de la hora de corte. A mí me estresa mucho la niebla y, si la cosa no cambia, casi prefiero también quedarme fuera.


Voy pasando a mucha gente en este corto espacio de tiempo hasta la cima del Castro Valnera. Muchos son excursionistas que no sé si habrán venido para ver la carrera pero que animan una barbaridad. Me hace gracia uno que exclama que llevo zapatillas al verme. Pues sí, las botas de montaña tradicionales hace tiempo que pasaron a la historia.


Se sigue oyendo algún que otro silbato y llego a la cima poblada de gente. Bromeamos un rato y hay quien me dice que la niebla desaparece en cuanto se pierde un poco de altitud, algo que me da muchísimos ánimos porque el estrés ya me sale por las orejas.


Me quedo un buen rato en la cima y no aparece nadie más. Pensaba volver a dejar pasar a los compañeros para la bajada pero les he debido sacar mucho tiempo en esta parte de subida y arranco para abajo yo solo.


Varios voluntarios me dirigen por los neveros y la zona de lastras porque no se ve nada. Hay marcas cada poco pero, en estas condiciones, si no fuera por ellos y por el GPS, sería difícil encontrarlas.


Enfilo el arroyo de Peña Negra y veo que no viene nadie detrás, cosa que me extraña muchísimo porque no estoy bajando deprisa y tampoco he tenido que sacar tanta ventaja en el alto. Voy siguiendo las marcas y el track del GPS, así que voy muy tranquilo.


La bajada más pronunciada termina y, tras un par de señales que avanzan la presencia de la bolsa vida en un kilómetro, aterrizo en una pista que me deja en el avituallamiento del km.40, donde me debe esperar la bolsa que he dejado en la salida.


Llego al km.40 a las 13:15, quince minutos antes del cierre de control. Coincido con varios participantes, alguno de los cuales con pintas de retirarse. El buen rollo que desprenden las mujeres de la organización es tal que ni se me pasa por la cabeza terminar aquí mi participación.


Lo primero que hago es descalzarme. Las zapatillas ya han dado todo de sí y las tiro en el bidón de la basura. Las ADIDAS Kanadia TR 4, costando tan solo 50€, han sido las zapatillas de trail que más a gusto he llevado. Tengo varias SALOMON de más de 100€ y siempre acabo poniéndome éstas cuando las distancias van a ser largas. La pena es que ya están destrozadas, algo que tenía previsto y por lo que he metido unas de NIKE de running para cambiarme en este punto. El año pasado había mucha pista a partir de aquí y espero que este año sea parecido.


En el avituallamiento hay de todo lo de siempre y, además, bocadillos de jamón, txoripanes y de no sé qué más. Me como uno de jamón que cuesta tragar el pan una barbaridad, obligándome a beber un vaso de agua con cada trozo. Apetece meter comida de verdad pero es más difícil hacerlo que con los trozos de fruta, las pastas y esas cosas.


Llevo las medias mojadas de andar por los neveros y, como no voy a coger la ropa de la bolsa vida porque no me hace falta, me dejan una bolsita para no ensuciarla con ellas. Me dispongo a salir casi a las 13:30, tras una buena parada, cuando llegan algunos compañeros junto a la chica de la pareja con la que empecé a subir al Pico de la Miel. Le pregunto por su chico y me dice que viene bastante detrás. Ha debido abandonar gente en Lunada y, a partir de aquí, los que siguen llegan fuera de control pero hay un organizador que dice a los de la mesa que les dejen continuar.


Desciendo hasta las cascadas del Trueba y cruzo por unas losetas perfectamente colocadas, ante la atenta mirada de un fotógrafo. Es un sitio espectacular que me trae muy buenos recuerdos.


Vuelvo a cruzar el río un poco más arriba y empiezo a subir rumbo al puerto de Estacas de Trueba. Tenía la esperanza de que la niebla desapareciera en esta segunda mitad del recorrido pero tiene pinta de que no va a ser así.


Llego a la carretera del puerto y me recibe otra unidad de la Cruz Roja indicando por dónde sigue el trazado. Aunque se ve muy bien la pista hormigonada y llevo la ruta en el reloj, asiento para que noten que agradezco sus comentarios.


En esta segunda parte de la ruta, no voy a dejar de pasar a compañeros de viaje. Aunque voy muy aburrido y estresado por culpa de la niebla, me encuentro en muy buena forma y veo cómo voy yendo de menos a más.


Estoy en plena ascensión al Nevero del Polluelo y no se ve un carajo. El recorrido se puede seguir muy bien mientras se va por pistas o senderos.


Hasta que llega el acceso a la cumbre a través de un sendero que se pierde en la maleza, difícil de seguir por culpa de la niebla. Los voluntarios tienen que hacer sonar los silbatos nuevamente para poder orientarnos. No sé cómo lo hacen pero están por todas partes.


El final me vuelve a estresar sobremanera. Adelanto a dos chicos más y llego arriba sin ver absolutamente nada. Empiezo a pensar de nuevo en abandonar porque así no me agrada meterme una pateada. No tengo ningún interés ni objetivo por la distancia, sino que me gusta disfrutar de las rutas. El deporte que hago está más vinculado al turismo que a la consecución de retos y ya llevo demasiadas horas sin motivación alguna.


Corono el Nevero del Polluelo y el cordal me lleva hasta el Pico de la Churra. A los dos chicos que he pasado hace tiempo ya no los veo y ni siquiera oigo a los voluntarios dando indicaciones por detrás de mí. El aviso de que queda un kilómetro para el avituallamiento de La Churra me vuelve a meter la idea de abandonar. Intento desterrarla de mi cabeza pero no sale de ahí.


Hay un ligero descenso hasta la pista de tierra del parque eólico de Castríos en la que pierdo las marcas. Voy siguiendo el track pero no veo ninguna, tal vez porque no vayan por el mismo sitio. El track me permite ir seguro y hace tiempo que no participo en nada que no tenga el track previo a disposición de los participantes.


Llego al avituallamiento, en el km.50, y dos chicos salen justo cuando llego. La chica nos indica que tenemos que seguir hasta el tercer aerogenerador y luego tomar hacia la izquierda. Me doy prisa para salir detrás de ellos y así tener esa referencia y no ir tan estresado como voy pero, aunque solo son unos segundos, los pierdo de vista entre la niebla.


Por primera vez en toda la ruta, el track y las marcas no coinciden. El track me pide girar hacia la izquierda pero las marcas y la chica dicen que hay que seguir hasta el tercer molino. Dudo por un momento. Seguir el track me garantiza no perderme pero no sé si, tal vez, se dé demasiada vuelta. Decido seguir las marcas hasta que las pierdo por culpa de la niebla, lo que me obliga a tirar directo por un brezal inmenso hasta conectar con el track en una pista de tierra sin, al parecer, haber hecho mayor distancia.


La pista llega a una valla y me deriva por un sendero que se pierde entre los árboles. No hay manera de ver nada y voy muy aburrido mirando la punta de las zapatillas y el track del V800, las únicas vistas que tengo desde hace un montón de kilómetros.


En esta bajada me encuentro con el chico de la pareja de Lunada que se ha retirado y va a la contra para entregarle unas zapatillas a su chica. Nos animamos mutuamente y sigo con cuidado porque las zapatillas de running no tienen tacos y resbalan bastante sobre la hierba húmeda.


Había intentado antes llamar a casa para, por lo menos, entretenerme un rato hablando con Amaia, pero no he encontrado cobertura hasta este momento. Por un rato, se me olvida todo hablando con ella.


Vuelvo a la carretera de Estacas de Trueba y me encuentro con dos de los organizadores que me pillan hablando con Amaia aunque sea el momento de más bajón del día. Estoy en el km.55 y ya he decidido que voy a terminar porque nunca he abandonado una prueba y, en esta con más motivo, debo agradecer la invitación. Aún así, después de tantas horas de niebla, la cabeza no me funciona lo bien que debería para cómo llevo de frescas las piernas.


La prueba de que las piernas van frescas es que aguanto muy bien la carrera cada vez que el terreno se pone favorable. La elección de zapatillas para esta segunda mitad parece que ha sido todo un acierto porque no tengo ni una sola molestia.


Llevo mucho tiempo sin ver a nadie, ni por delante ni por detrás. No me ha pasado nadie desde la bolsa vida y decían que solamente había cuatro personas por detrás. Ahora deben ser como una decena. Hace tiempo que he perdido la cuenta y tampoco conozco la situación. He echado cuentas y, con el desnivel que todavía queda, veo muy justo eso de entrar antes de las 20:00, la hora tope de llegada a meta. Si yo, que llevo un buen ritmo, me veo justo para llegar, no sé cómo van a llegar los que van por detrás.


Tras un rato pisando verde, empalmo con una pista hormigonada con fuerte pendiente de bajada por la que cae un gran arroyo desde las laderas del monte Curro. Es imposible evitar empaparse las zapatillas y acabo con los pies inundados.


La pista me lleva al inicio de la carretera del portillo de Lunada, en Salcedillo. Atravieso el pequeño río de Lunada y me encuentro con más voluntarios en el cruce. En esta zona baja no hay niebla y eso me alegra enormemente.


Tras un pequeño tramo de sendero, aparezco en el avituallamiento del km.56 donde ya se encuentra otro compañero. Llevo los pies empapados pero ni siquiera me doy cuenta por la animosa charla que mantengo con las dos chicas de la mesa que no quieren dejarme marchar sin comer nada.


El chico marcha y yo me quedo comiendo y bebiendo por un buen rato. Me comería un bocadillo de jamón pero no quiero volver a pasar el mal trago del pan, así que me ofrecen mezclar melón con jamón, algo que me gusta mucho. En verdad, tampoco tengo mucha hambre, pero el paisaje nebuloso me mantiene tan aburrido que me apetece mucho quedarme un rato en tan amena compañía.


Abandono el avituallamiento y empiezo a subir otra vez, rumbo al alto de Rioseco. Me vuelvo a acordar de que llevo los pies empapados y me siento en una cómoda roca para cambiarme de calcetines. Llevo dos pares en la mochila y todavía no había hecho uso de ellos al haberme cambiado las medias en el punto de vida.


Parece que quiere despejar pero no termina de hacerlo. Ya es tarde. El año pasado fue durísimo por culpa del calor pero pude disfrutar del recorrido.


Sigo alcanzando a gente que va por delante y ahora lo hago a pares. Me encuentro con dos chicos y uno no va demasiado bien, así que intento animarles. Si mal no recuerdo, el terreno que nos queda es muy cómodo.


Llevo un paso más alegre y los dejo atrás en la pista que pasa junto al monte Lalar. Pensaba que el final era el mismo que el año pasado pero han hecho algún cambio. ¡Vaya, les he contado una bola bien gorda!


En la bajada de este alto casi me escoño por culpa de las zapatillas. No tengo ningún agarre y hay tramos de barro en el bosque en los que deslizo sin control. Suerte tengo de no meterme ninguna culada ni de romperme en un improvisado spagat.


Llego al avituallamiento del km.65 siguiendo el arroyo Rioseco y me encuentro con el chico de la pareja que está esperando a su chica que sigue en carrera. Se sorprende un poco al verme porque tendrá controladas las posiciones de la gente y llevo un paso muy bueno. La verdad es que no me encuentro cansado para nada y la cabeza hace rato que se ha despejado, desde que la niebla no me nubla la vista.


Quedan doce kilómetros y la chica del avituallamiento me dice que la gente está tardando una hora y cuarto hasta Espinosa. Muy poco me parece ya que quedan dos subidas todavía y bastante desnivel entre ellas. Son las 18:09 y sigo pensando que va andar justo eso de entrar antes de las 20:00. Antes de salir les digo que pidan disculpas de mi parte a los dos chicos que van a llegar por haberles mentido en el recorrido que falta, ya que no sabía que se había cambiado. No hace falta que lo hagan porque me avisan de que vienen y ya les pido perdón yo mismo.


La subida al Cerro Bustalama se las trae en su parte inicial. Hay una pista hormigonada de pendiente muy elevada. Aprovecho para llamar a Amaia por última vez y así le informo de la hora a la que llegaré a casa.


Muy a mi pesar, la parte final me devuelve la niebla. Sigo yendo a trote siempre que el terreno es un poco favorable y ahora con más ganas porque me he propuesto llegar antes de las 20:00. Nunca he abandonado una prueba ni tampoco he llegado fuera de control, así que ya tengo un motivo para animarme.


El descenso de este collado me permite ver lo que hay por delante y alcanzo a ver a un chico a unos cien o doscientos metros. Al llegar a la pista de tierra casi lo he alcanzado.


Lo supero en el llano que hay antes de empezar la subida final al Costal. Hay una charca enorme en medio del camino y no encuentro cómo pasarla hasta que me doy cuenta de que hay que bordearla por la pradera. Le aviso al chico para que no me siga, para que se meta por allí y yo voy detrás de él.


La subida la hago en su compañía y vamos charlando. Es cuando me entero de que la primera retirada era Nerea Martínez. Llegamos al collado por el que se bajó el año pasado pero hay otro voluntario con su coche y el muy 'cabroncete' ;-) nos manda para arriba por el cortafuegos.


Sigo con un ritmo vivo, sobre todo en subida, y me despido del chico ya hasta la meta. Es cuando me doy cuenta de que hay otro participante un poco más arriba, al cual también supero antes de llegar a la cima.


Quedan cinco kilómetros desde aquí a meta y son las 19:18. Voy a tener que apretar bastante si quiero llegar antes de las 20:00 así que intento apretar un poco con Espinosa de los Monteros ya a la vista.


La bajada es más directa que la del año pasado y mis fuerzas son muy superiores. Estoy acabando estupendamente y eso me permite correr bien, no solo trotar.


Llego al castillo y me vuelvo a encontrar con el chico de la pareja que me felicita porque esto ya está hecho. También recibo los ánimos de los voluntarios que están ahí apostados.


La entrada en Espinosa es entre aplausos de la gente que anda por las terrazas, llegando a la plaza de Sancho García a través del arco de meta del año pasado.


Paso por el arco y las señoras del último avituallamiento me llaman. Estaban detrás del hinchable y no las había visto por pasar corriendo. No puedo rechazar la invitación y, aunque solamente resten dos kilómetros, me tomo un vaso de refresco de cola antes de seguir por las calles de camino al albergue.


Este tramo lo hice ayer corriendo y ya sé lo que se tarda en recorrerlo. Me va a sobrar tiempo y consigo llegar a las 19:53 entre la ovación de la gente y los gritos del speaker que me llama para decirme que me van a regalar una mochila por ser tan guapo y estar tan buenorro, creo que dijo. ;-)


En el piso superior del albergue está el restaurante y me voy directo a por la pasta que hay para comer. Tengo comprobado en mis propias carnes que lo mejor para una buena recuperación es comer lo antes posible. Mientras tanto, van llegando más participantes. Termino de comer y me bajo al coche a por la mochila de ducha. No me lo creo y hay agua caliente. Creo que es la primera vez que me ducho con agua caliente en una historia de éstas.


Salgo de la ducha y sigue entrando gente, hasta que veo que viene el chico de la pareja y me quedo a aplaudir a su chica. Sin saberlo, me han acompañado en la mitad del recorrido, haciendo esta mitad más entretenida. Poco después entra el último participante y toca retirarse con una gran sabor de boca por parte de una organización fabulosa. Sin duda, la mejor organización que conozco es la de La Picón Castro. Tan solo la de la Subida al Veleta se puede comparar a ella. Solo tengo PALABRAS DE AGRADECIMIENTO y espero que les vaya muy bien en próximas ediciones y que la niebla, algo que no está en sus manos, no toque tanto los huevos. ;-)

P.D.: Camino de casa, llegando a Bilbao, me doy cuenta de que me he dejado en meta la bolsa vida y llamo a uno de los móviles que me apuntaron en el dorsal. Aún sigue en el Albergue de Espinosa, así que pido que me la dejen ahí para volver a buscarla en bicicleta. Ya tengo ruta planificada para el martes.

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